Áureos rizos arden en silencio

y proyectan en las paredes

su insignia indisoluble:

alma de furia y amor.

 

En la cal de las entrañas,

acoplados al nervio del deseo

a la línea tirante de los sueños

anuncian, siempre irrevocables,

su propia dualidad expansiva,

la elasticidad de sus opuestos.

 

Elasticidad que en todo palpita,

vida y muerte en sintonía:

la chispa de las grises sombras

atada a las mechas rojizas.

 

Latigazos apasionados,

fieles a su naturaleza,

rehenes del tiempo y espacio

son métricas de la existencia.

 

Revelan, ardiendo en certeza,

-binario compás en su pecho-

la paradójica faceta:

“soy fuego, inicio de un fin;

hielo, el fin en sí mismo”

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