Ocurrió.

Aquí. En mi playa. En una noche de junio, poco después de San Juan.

El plancton centelleaba a la luz de la luna, desde el horizonte hasta la orilla. Manto vivo en agua fría.

La brisa y el océano entonaban una melodía de dos notas, a capela. Una especie de mantra que siempre dotaba mis noches de un aura divina y me conectaba profundamente con el pulso de la vida.

Yo solía caminar y sonreír con los ojos cerrados, dilucidando vivencias a cada paso, y me dejaba aconsejar por la sabiduría del agua, en su constante afán de purificación.

Hoy, con los ojos bien abiertos, tropiezo y temo.

El falsete del viento suena sostenido, como una alarma, y ha ahogado a la pacífica melodía.

El brillo del manto vivo ahora se esconde, amenazante, detrás de la gran roca erosionada, en la lámina del cuchillo que me presionó el cuello, en el esmalte de los dientes podridos de mi agresor.

El viento no ha podido extinguir las funestas huellas de sus pies en esta arena, el olor agrio de su aliento en mi olfato, sus manos callosas rasgando mi carne humillada; no ha podido compensar las diferencias de presión atmosférica entre mis dos puntos existenciales. Mi pasado, emocionalmente cojo, suspenso en las alas del aire, viaja libre y se instala en todos mis tiempos.

Me acerco a la gran roca, que me reta con sus ojos plomizos. Los granos de arena entre mis dedos parecen espinas. Tropiezo a pasos cortos, jadeante. Toco la lápida de mi fugaz defunción. Una gran ola la golpea en este preciso instante, como hace un año en aquella noche, cuando la sal del mar se mezcló con la sangre en mi boca.

Mis lágrimas pesadas se derraman sobre el azul ennegrecido. La bordeo. Tengo frío. Oigo el eco de la queja que el viento desplaza hacia el horizonte. Suspiro. Busco las marcas de mi sangre en la aspereza del mineral.

¡Ya no están!

Sigo buscando alrededor de la gran roca. Nada. Me siento junto a los pies de la catedral, una discreta sonrisa se dibuja en mis labios; pienso:

‘Ay la sabiduría del agua y su constante capacidad de perdón…’

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